Simitrio Quezada escribe

Marzo 26, 2008

Ciudad a la que no pude regresar

Archivado en: Zacatecas, literatura, testimonio — Simitrio Quezada @ 4:50 am

En agosto de 1999 abandoné la ciudad de Zacatecas. Entonces ella tenía una actualidad muy distinta: por su centro histórico caminaba un Roberto Cabral del Hoyo con traje sepia, las mujeres mostraban menos prisa, el ruta once cobraba un peso, y despertábamos escuchando al “Oso” Medina en Estéreo Plata. Los diarios eran El Sol, Momento e Imagen. Los cafés más concurridos: Zas y Acrópolis. Acababa de partir Federico Sescosse y la gente requería su nombre para el boulevard López Portillo. Las ferias de septiembre llevaban más huaraches de carne asada junto al teatro del pueblo. La calle González Ortega había visto a un rey y un presidente en el mismo coche, y el ex templo de San Agustín a un García Márquez desafiando dogmas ortográficos.

Los universitarios éramos más pobres y más felices: no teníamos celulares pero sabíamos cooperarnos para los tacos de Kachos, afuera de la “Feca”. Cuando ni eso, compartíamos las tortas en Tacolandia. Las noches de lunes nos saludábamos sobre un estrecho Portal de Rosales. Los martes eran, generalmente, para adelantar tareas. Los miércoles íbamos a Salas 2000, dos por uno. Los jueves, después de escuchar a la Internacional Banda del Estado, permanecíamos en Plaza Goitia a reír con los payasos cobrones. A los de municipios podían vernos los viernes, afuera del Tec Regional, pidiendo aventón.

Nuestra biblioteca era la Mauricio Magdaleno, frente a jardín Independencia: entrada grande y muchísimas mesas viéndonos atareados. Teníamos ciclos de cine ahí o con Gerardo Ávalos, en la UAZ. Aún se veían marchas de estudiantes (dos o tres con pasamontañas) apoyando al subcomandante, mentando la madre a Carlos Salinas, requiriendo víveres para la Selva Lacandona.

Las callejoneadas tenían menos turistas y más emoción. No importaba no estar borracho; lo fundamental era mover los pies con los ritmos empericados. El jarrito podía quedar como adorno, con su listón verde, rojo, dorado… La trova aún no se oficializaba: gracias al cielo, ser revolucionario no figuraba en los propósitos de los snobs. Las noches en la bizarra capital eran un poco más largas: los patineteros se partían el peroné con más fuerza y los guitarristas se colocaban afuera del Calderón.

Para eventos literarios, donde Sampedro; teatrales, donde Huerta. Radio Zacatecas transmitía desde Yanguas; el grupo Zer, arriba de su funeraria. Todos festejábamos los bailes callejeros del hombre de papel, quien vendía origami. Mis encuentros con conocidos sucedían en el babel de la Ventura Salazar, la calle donde –aún lo dicen– todos topan con todos.

Ésa es la ciudad que abandoné, a la que no pude regresar. Ya no me gozo tirando horas en el Callejón de la Plata. Ya no tengo guitarra para cantar a los novilleros de la plazuela Genaro Codina. Ya no me extasío con la Bufa desde una banqueta en Alma Obrera, al lado de una larguirucha que me instaba a ser yo mismo.

Desde hace cuarenta y cinco días veo demasiados ciber cafés, antros, expendios de discos. No puedo aferrarme al río. Camino intensamente, subo y bajo callejones; rememoro la casa donde viví y comienzo de nuevo aquel recorrido: Guadalajarita, Rebote de Barbosa, Tanquecito, Mono Prieto, Primera de Mayo, Aguascalientes, Tacuba, Juárez, Hidalgo… Llego a La Pinta y subo. Pregunto otra vez al Cristo, en el Templo de Jesús, si no hice mal en desterrarme. Ni mal ni bien, parece decirme el silencio de Mexicapan.

Volver y no encontrar esa ciudad me recuerda que nuestros grandes amores son siempre otros: es decir, los mismos que siempre están volviéndose otros.

9 comentarios »

  1. Parafraseando a Facundo Cabrón:

    “Los dos tenemos, muchacho
    un pacto con Dios y el Diablo
    no ser de ninguna parte,
    para estar en todos lados…”

    Añoro, también, Guadalajarita. Mis correderos no eran por la Plata, quizá la feria, quizá la otra feria de Guadalupe. Una revistería escondida y en mero enfrente de la puerta lateral de la Catedral, donde de vez en vez aguardaba la revista “Biblioteca de México”.

    La Bufa no era mía y la dejé a sabiendas que no podrá rescatarse jamás, que jamás ni siquiera su recuerdo será mío. Enamoramientos absurdos, quizá falsas sugestiones sentimentales me hacían mirar a Guadalupe, una casa donde no me esperaba ella, aunque tenía la esperanza de que ella pensara un poquito en mí.

    Pocos años antes, el correr entre la frontera y Jalpa y Zacatecas hacía más llevadera la sensación de estar perdiendo algo, no sabía qué. Hasta que encontré lo que no buscaba: mi mujer, y ahora mi hija.

    Recuerdos quedan en los libreros, en esas cintas de cassettes que se rehúsan a morir, la música extrañamente pasada de moda que transmitía Estéreo Plata a principios de los noventas, y sigue aún rondando mis tardes y algunas de mis noches, reviviendo los tiempos de cuando los deseos de ser algo o alguien más no eran del todo descabellados.

    Pudiera ser, hermano, que a fin de cuentas no se puede perder lo que no se tiene. ¿Realmente alguna vez fue nuestra esa mítica ciudad de Nuestra Señora de los Zacatecas, y esas noches de furor literario donde mandábamos a chingar a su madre al Gabo, a Monsiváis, y nos extasiábamos con el casi recién descubierto Cortázar?

    Siento, igual que tú, que también perdí el camino de regreso. Ciudad que no fué mía, le entregué ser, pensamiento, tiempo y vida.

    Comment por Greg — Marzo 27, 2008 @ 7:35 am | Responder

  2. ¡Bienvenido de regreso! A ESTE regreso… no hay otro.

    Comment por Luis — Marzo 27, 2008 @ 12:04 pm | Responder

  3. Heeey bienvenido de regreso! Me gustó esta entrada, el otro día comentaba sobre lo diferente que se ve la Ciudad de Zacatecas… un abrazo amigui!

    Comment por Gaviota — Marzo 29, 2008 @ 10:09 am | Responder

  4. Hola Simitrio:

    Excelentes aportaciones, me encanto la remembranza de Zacatecas

    Comment por Fili — Marzo 29, 2008 @ 2:18 pm | Responder

  5. Gracias. No conocía tu Zacatecas. Esta que vivo me gusta con todo. Siempre somos otros. Nuestros ojos también. Un abrazo

    Comment por carmen alanis — Marzo 31, 2008 @ 10:31 pm | Responder

  6. Ay, esa Zacatecas.

    Ya no conocí esa ciudad.

    Visito cada mes Guadalupe y Zacatecas, pero no ese espacio de tu imposible regreso.

    Comparto la nostalgia de un imposible regreso a muchos lugares de mi infancia, de mi juventud. Incluso, ya me siento “chunt´e”(*) en el Querétaro de mi ayer reciente. Sin embargo, justo ahora que estoy en la vorágine defeña, aunque nunca viví en el Altiplano, tengo una añoranza constante por el silencio, el paisaje, el cobijo que todavía ofrecen las ciudades entre Vetas.

    (*) El que no es de aquí, el otro.

    Comment por Carolina — Abril 1, 2008 @ 12:03 am | Responder

  7. muy buena remembranza de zacatecas, yo soy de aquí y me encanta

    Comment por karen — Junio 17, 2008 @ 7:40 pm | Responder

  8. Siento la interrupción entre los locales, parte de mi familia proviene de Zacatecas y ultimamente he tenido tiempo de recapacitar sobre esto.
    No siempre es correcto el pensar que se ha perdido sin ver lo que se ha ganado, ya que siempre nos rendiran cuentas los recuerdos, la evidente trascendencia del encrespamiento geografico subyuga a los perezosos que no saben lo que depara al llegar, lugar de paseantes acorazados con la intensidad que solo su bagaje puede dotar; amantes del México que se nos fue somos los que entendemos lo que estos cerros flanqueando un rio significan,la apreciación del tiempo sufre intersantes concecuencias y cada piedra cuenta la sangrienta historia que orgullosamente hemos heredado; dignas de admiración son todas.
    Se me acaban los elocuentes comentarios, debe ser por la hora, pero entiendo, la potencia cómo la añoranza alenta al espiritú, sensaciones convertidas en sentimientos, más alla. Queria dejar mi comentario por que aunque solo conozca Zacatecas de pocos dias, todo en ella me ha topado de frente con sus puños cargados de gustoza herencia; por lo que puedo asegurar que su trascendencia supera nuestra corporaleidad, que no somos más que pequeñas interpretaciones de la representación de la que esta dota a México, la que pasara inadvertida para los demas mas no para nosotros mismos.

    Terminando con una pregunta, estaba en un pequeño bar ubicado en un sótano, cerca de la catedral, tomandome un mezcal con su respectiva cerveza. Habia pinturas de caguamas amorfas, apaisadas, representaciones simples y rudimentarias de estas, nuestra bebida de platica afable típica; realmente me impresionaron por todo el contenido simbolico que encontre en ellas y nunca me habia interesado comprar una pintura hasta que vi estas (venderia hasta cuatro pinturas mias para hacerme de una de ellas) pero por circunstancias inexplicables en este momento, perdí el nombre del pintor, si alguien lo conoce, les pido me lo pasen.

    Saludos
    Rubén AM

    Comment por Rubén — Marzo 3, 2009 @ 1:10 am | Responder

  9. Siento la interrupción entre los locales, parte de mi familia proviene de Zacatecas y últimamente he tenido tiempo de recapacitar sobre esto.
    No siempre es correcto el pensar que se ha perdido sin ver lo que se ha ganado, ya que siempre nos rendirán cuentas los recuerdos, la evidente trascendencia del encrespamiento geográfico subyuga a los perezosos que no saben lo que depara al llegar, lugar de paseantes acorazados con la intensidad que solo su bagaje puede dotar; amantes del México que se nos fue somos los que entendemos lo que estos cerros flanqueando un rio significan, la apreciación del tiempo sufre interesantes consecuencias y cada piedra cuenta la sangrienta historia que orgullosamente hemos heredado; dignas de admiración son todas.
    Se me acaban los elocuentes comentarios, debe ser por la hora, pero entiendo, la potencia cómo la añoranza alenta al espiritú, sensaciones convertidas en sentimientos, más alla. Quería dejar mi comentario porque aunque solo conozca Zacatecas de pocos días, todo en ella me ha topado de frente con sus puños cargados de gustosa herencia; por lo que puedo asegurar que su trascendencia supera nuestra corporalidad, que no somos más que pequeñas interpretaciones de la representación de la que esta dota a México, la que pasara inadvertida para los demás mas no para nosotros mismos.

    Terminando con una pregunta, estaba en un pequeño bar ubicado en un sótano, cerca de la catedral, tomándome un mezcal con su respectiva cerveza. Había pinturas de caguamas amorfas, apaisadas, representaciones simples y rudimentarias de estas, nuestra bebida de platica afable típica; realmente me impresionaron por todo el contenido simbólico que encontré en ellas y nunca me habia interesado comprar una pintura hasta que vi estas (vendería hasta cuatro pinturas mías para hacerme de una de ellas) pero por circunstancias inexplicables en este momento, perdí el nombre del pintor, si alguien lo conoce, les pido me lo pasen.

    Saludos

    Comment por Rubén — Marzo 3, 2009 @ 1:10 am | Responder


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