Bajaré por la calle Concordia. De veras, no se ofendan: los espero en la plaza, junto a los boleros. Ya saben que si paso me duele más… No me hagan repetir esa historia: lo importante es que ella siga bien… No soy pendejo; es lo mejor… ¿De veras me acompañarían por la Concordia? Gracias: ustedes sí son amigos.
Intenté cuidarla, quererla siempre, darle lo mejor que había en mí. La quise hasta el último segundo, cuando la vi de espaldas y quise llorar y me aguanté… y luego corrí y pasé por los telégrafos y encontrando afuera a don Federico le pregunté, pero no la había visto pasar… No la busqué más porque debía poner en alto mi determinación. Además ella dijo que es por su felicidad: entonces para qué seguir rogándole.
Desde aquel martes estuvo rogándome: llegaste a verlo cuando me acompañaba. No es galán, pero Arnulfo y yo habíamos cortado y quise mostrar que no me importaba… Lo sé, Elia, pero no pensaba así entonces… Ya: no te cuento esto para que me regañes.
Sucedió después del recreo. Antes de entrar a clase con la maestra Julieta, Gilberto me dijo que Gallos estaba armándose de valor para pedir acompañarme… No, lo que pasa es que los muy morbosos me apostaron el almuerzo de tres días con tal de verme salir con Gallos… con Onésimo, perdón. Era un reto de Gil y los otros, y no quise verme dominada por ellos. Cuando llegó y le dije que sí, toda la prepa quedó con su espectáculo: Onésimo iba a mi lado y todos aguantaban la risa.
Todos quedaron serios, asombrados. Seguro hasta me respetaban por lograr lo que otros no habían podido… ¿Cómo que por qué? Por mi determinación… La tarde anterior había ido a la biblioteca para hacer una tarea al profe Montes. Como acabé rápido, empecé a hojear los libros de un estante que estaba en un rincón. En un libro verde encontré un capítulo que se llamaba “Determinación. Consiga lo que se propone”, y me lo aventé de un tirón. Quise sacar copias y caminé hasta la tienda de regalos. Sí: es que la presidencia nunca quiso comprar una fotocopiadora para la biblio… Pegué las copias arriba de mi cama y estuve leyéndolas hasta recién nacido el martes, y eso porque mi papá fue a regañarme por la luz encendida.
Al día siguiente pregunté a Gil si creía en la determinación. ¿Qué fumaste, pinche Gallos? Y yo: En serio, la determinación; quiero esto, me lo propongo y lo consigo. Calma, Supermán. Y yo: En serio. ¿Crees que si pienso que una compañera responderá que sí, de veras responde que sí? Gil preguntó quién era. Suelte la sopa, mi Gallos. Y le conté que estaba concentrándome en mi determinación para que Alejandra Reyes me dejara acompañarla. Entonces Gil pareció reaccionar y dijo que sí, que realmente no sabía mucho, pero ya había escuchado de eso. Ya me acordé: sólo tienes que mirarla y, mientras camines adonde está, repite en la mente: Va a responderme que sí, a responderme que sí, responderme que sí, que sí, sí… Lo hice a la hora de la salida y resultó. Entonces los apantallé, toda la prepa quedó de a seis: hasta la maestra Megui miraba por la ventana. A mi lado encontré una Alejandra más bella que nunca, con la mirada baja, como presintiendo algo grande que vendría por darme esa oportunidad.
Bajé la mirada porque me daba vergüenza, Elia: quería correr, salir lo más pronto. Por eso me sentí mejor al ver el barandal amarillo. No fue fácil: en una de ésas había divisado la sorpresa de Tina y ya imaginaba el reclamo de las secretarias al día siguiente.
Me contó sobre su apodo: era Gallos porque nació con el pelo muy rebelde –dos remolinos– y se le paraba. Canija: hablo del pelo. Al pasar por la papelería Piolín me pregunté por qué debía interesarme su historia. Podía dejar de fingir, pero él hablaba como si en su casa no lo escucharan y me hubieran elegido para que se desquitara.
Luego sacó la determinación. Empezó a contarme de unos filósofos chinos y unos líderes americanos. Después de cruzar la calle Independencia, Gil y los otros pasaron en la camioneta. Gil me hizo una seña de “muy bien”, y no pude contestar porque Onésimo no me quitaba los ojos. Pensar que lo hice por tres tortas de lomo que para colmo comí a un lado de Onésimo, porque él me las llevó en los siguientes recreos.
Los siguientes recreos estuvieron de lujo. Gil me animaba a seguir con la conquista y hasta hizo algo grandioso: él y sus amigos se cooperaron para que comprara una torta y un boing a Alejandra. Lo hicieron así hasta el viernes. Yo sabía que era capaz de conquistar el amor de Ale: tenía determinación y llegué a sentir que mis pláticas le gustaban. Jamás imaginé que los libros de la biblioteca me ayudaran tanto. De no ser por ellos, no sé qué hubiera platicado con Alejandra. Hasta los profes me trataban mejor. El maestro Chema preguntaba qué onda con la bonita y me decía que le echara ganas. Willy sonreía en el recreo, cuando Ale y yo comíamos juntos. Y así los demás, mirándome con aprecio por mi determinación.
Me tenía harta con sus discursos de la determinación. Lo bueno es que casi me hacía las tareas, y lo malo, que yo era la burla de todos. El viernes, Gilberto me prometió los desayunos de la semana siguiente si abrazaba a Onésimo en el recreo; pero le dije que se sacara. De por sí ya tenía invitación de Gall… de Onésimo para ir al cine el sábado, y todavía con lo otro…
Cuando, como todos esos días, éste me dejó cerca de la tienda, le dije que no podría ir: inventé que debía ayudar a mi mamá en los abarrotes. Onésimo comprendió y dijo que no importaba, que él podía esperar otra ocasión. En eso fue tan distinto a los otros… Entonces hasta me sentí culpable de querer mandarlo a la goma… No te burles, Elia: es que cuando dijo eso, Onésimo tenía una mirada… no sé… noble.
Entendí que debía ser paciente, porque no debe confundirse determinación con exceso de dinamismo. Recuerdo que me gustó esa frase (no sé cómo se me ocurrió) y la apunté en una esquina de la primera copia, arriba de la cabecera. Aun así la mañana del sábado no aguanté las ganas y, caminando, caminando, llegué a su tienda a comprar un jugo. Me dijo que qué bueno que me veía, que había hablado con su mamá sobre lo del cine y ahora tenía la tarde libre. Entonces creí más en el poder de la determinación: de, cómo creyendo, las cosas imposibles no lo son tanto.
Qué bueno que acabaron las escaleras. Un día que me anime entramos al Puerto de Liverpool a echarnos unas copas… Ahora no, Balta: un día que me anime… Sí, la determinación, yo sé; pero no entra en estas cosas… ¿Cómo que por qué no? Pues porque emborracharse no es un reto difícil: mejor les disparo unas paletas acá enfrente.
Si Onésimo hubiera ido una hora antes, yo habría continuado la mentira. Pero llegó justo después de que pasara Arnulfo con su güera piojosa, y por eso me animé a ir al cine… Como oyes: Nulfo me paseó a la changa Mari en mis narices, como hace cuando nos enojamos, y según esto aquélla ni le gustaba. Seamos o no seamos novios, nunca andaría con ella, aunque ella sí quiera andar conmigo, mi’ja. Pero ahora pasaba con música a todo volumen, abrazándola, y no les importaba repegarse más al volante, restregándome su risa. Por eso no me importó ir al Cine Colonial con Onésimo, Gilberto o Perico de los Palotes.
Me arreglé lo mejor que pude. Tenía ahorrado para una camisa de manga corta muy padre y aproveché la ocasión. Aunque pareciera ridículo, le compré una rosa blanca y le escribí un pensamiento en una servilleta. Nunca saqué diez con la maestra Rogelia, pero igual y lo mío no era literatura, sino lo que yo quería decirle.

La película era Tomates Verdes Fritos: lo bueno fue que el contenido estuvo mejor que el título. Preguntó por qué cantaban tanto en esas iglesias, y empecé a explicarle lo que sé de gospels. Entonces, sin ser novios, afuera de su casa la mamá de Alejandra nos sacó unas sillas. Después Ale me confesó que su mamá lo hizo porque yo había sido el único que la saludaba sin querer quedar bien. Me dio gusto escuchar eso porque de veras nunca me ha interesado fingir lo que no siento. Por lo mismo me atrevo a pedirles que me disparen un churro, no sean gachos.
Busco que seas feliz, decía la servilleta. Pero mi mala costumbre de jugar con lo que traigo en las manos cuando platico acabó con el detalle. Me sentí mal por eso, pero él tampoco se dio cuenta: el pobre se ilusionaba tanto que sólo miraba mis ojos. Aunque ya no me caía tan mal. Animada por la confianza, le pregunté si quería escuchar una historia y, después de cuatro días de conocerlo mejor, empecé a hablar por más de media hora.
Me platicó sobre su relación con Arnulfo el hojalatero. Me contó cuando su hermana Irene la llevó a un baile donde tocaron Los Errantes de Jalpa, y Arnulfo fue a pedirle que bailaran. Ella no lo conocía pero Irene le dio un codazo para que se animara. Después de varias canciones, él le pidió permiso para ir por ella a la Prepa, pero Ale no quiso. Una semana después de estarle rogando, de ir a los abarrotes por cualquier motivo, Arnulfo se desinteresó; o al menos eso dice Ale. Una noche en que a ella le tocaba estar en la tienda, el hojalatero pasó en su camioneta con una muchacha al lado. Dice Ale que se enojó y se dio cuenta que en realidad sentía algo por él… Sí, ya sé, pero no me daba coraje que me contara eso. Lo importante era que estaba teniéndome confianza. Además Ale es muy bella y resultaba lógico que alguien la pretendiera. ¿O qué? ¿Ustedes sólo andarían con una que nunca hubiera tenido novio?
Le conté sobre lo mal que me sentí la primera vez que Nulfo me hizo aquello. Esa noche pasó con una flaca que estudia en el Cetis… Ésa no: una que vive por La Mezquitera… Luego te digo cuál. El chiste es que Onésimo me escuchaba atento y me dijo que era absurdo pero a veces no se advierte cuando los sentimientos nacen en uno, y que él me comprendía porque pasó primaria y secundaria ocultando sentimientos a las niñas que le gustaban. Pero por qué no revelar lo que sentías, Gallos ¡perdón! Onésimo. No te apures, Ale. No, perdóname. Y él me dijo que lo más grave es ocultar los sentimientos a uno mismo. Por un momento me identifiqué con él. Hablando así no se veía mal. Por ese lado sí extraño a Gallos. Nulfo nunca platicaba así: era más abrazos y apretones, más cabrón. Pero creo que así nos han gustado más. Nos acostumbramos a sufrir por algo que creemos que es amor, por eso no hacemos caso a quienes nos tratan bien.
¿Dónde hay un bote para la basura? Necesito tirar el papel del churro. Lo bueno es que ya mero pasamos por la casa de don Salvador… Sí, tiene un par de botes afuera para conservar limpia la calle.
Alejandra continuó su relato contándome cómo se hizo novia del hojalatero. Me preguntó si nunca había visto cuando él iba por ella en su camioneta gris. Sí, claro. Siempre te había mirado con él, hasta el mes pasado. Me aclaró que tenían cinco semanas de haber terminado. Entonces pude tomar su mano, pero no quería sacar ventaja de su dolor… Cómo que por qué, pues porque lo consideré injusto… Total: preferí confesarle abiertamente que lo de la servilleta era cierto. De veras, Ale. Si quisieras…
Si quisieras darme una oportunidad… ¡Claro que le dije que no, Elia! Le hice sentir que iba rápido y él se apenó bastante. Me preguntó si me dolía mucho lo de Arnulfo y no quise contestar. De la bolsa trasera sacó una paletita de cereza, atada con un moño rojo. Ahí ya no supe reaccionar. Onésimo era muy detallista y yo no merecía tanto.
No, Elia: no es que me sienta menos. Entiende que yo era cruel, que me había dejado acompañar por una apuesta, por no dejarme de aquéllos; que lo ilusionaba un poco para que me hiciera las tareas, que lo había llevado al cine por sacarme el coraje con Nulfo… No estaba enamorándome ni me enamoré de él. Puede ser una especie de cariño, pero nada más. Eres mi amiga, Elia, y sólo a ti te confío esto: espero que no me defraudes.
Llegué a casa cerca de las once y mi hermano me esperaba para escuchar lo sucedido. Pero ¿qué pasó en el cine: hubo abrazos, mordiditas, juego de manos bajo la ropa? Eres un santurrón: no sabes tratar a las viejas. Ya saben cómo es. Pero me daba por satisfecho porque mi determinación podía traerme las cosas siempre y cuando tuviera paciencia, y yo la tenía. Alejandra Reyes era el nombre con el que dormía, despertaba y me desvelaba.
Miren, aquí estaba el Piano Bar. ¿Han visto que los dueños tienen la réplica del Prometeo que está en la Universidad? Me da risa cuando recuerdo lo que me contó Omar: una vez iba un señor de sombrero en el ruta tres, y al pasar frente al Prometeo inclinó la cabeza para persignarse.
Les contaba de Alejandra. Cada día buscaba nuevos detalles para sorprenderla, aunque no quería empalagar. Ale era más que una ilusión: era la vida y yo quería vivir la vida. Fui otro a su lado, mirando sus ojos, sus dedos largos, la forma de sus labios. Las últimas veces sentía una especie de angustia si ella estaba conmigo y no me ofrecía su mirada. Sé que puede ser increíble, pero quizá aún siento esa necesidad del toque de sus ojos.
Onésimo era, es interesante. Quizá no ha sabido exigirle a la vida lo que merece. Por desgracia las cosas tuvieron que seguir su camino. Créeme, Elia: quise lo mejor para todos… No me importa lo que digas en esa mirada. Nunca como ahora he hablado con tanta verdad.
Onésimo seguía acompañándome y Arnulfo se enojó muchísimo cuando lo supo. Me llamó por teléfono y preguntó si ahora iba a salir con ese pendejo. Así lo dijo y me enojé mucho. ¿Sabes qué? Tengo clientes que atender. Le colgué preguntándome por qué me había dolido que Nulfo insultara a Onésimo… Debí reclamarle por qué seguía con su estúpida costumbre de pasearme a sus voladas.
Cada noche extrañaba su mirada, su voz, el olor de su cabello. No le llamaba para que tuviera más ganas de verme. Las pláticas con ella me habían enseñado que no debía apresurarme y así las cosas funcionarían mejor. Pero les digo que llegaban esas noches en que daba vueltas dentro de mi cuarto: prendía la tele y no había nada interesante; con el radio era peor, porque a cada canción le buscaba relación con lo que vivía. No soy muy bueno para escribir, y para dibujar, menos. No quería leer ni salir a la calle. En serio que Ale me ponía demasiado inquieto. Una tarde me atreví a pedirle que tocara mi pecho para que sintiera el ritmo de mis latidos, pero ella dijo que los sentía normales… No metió la mano abajo de la camisa, cómo creen: fue por encima y con un toque tan suave que casi no lo sentí.
Cada noche la extrañaba más. Era una mujer fascinante. En uno de mis sueños, ella pasaba su mano por mi rostro y yo empezaba a llorar. No sé por qué: sólo lloraba y ya. Abría los ojos y eran las seis cuarenta: empezaba a arreglarme para ir a la Prepa y, recorriendo en mi bici las veintiséis cuadras, dudaba si contarle a Ale el sueño.
A veces me sacaba de onda, Elia. Una mañana, después de clase con el profe Chema, asomó al salón para decirme que en el recreo me contaría un sueño. Después ni habló. Como que era arrebatado y tímido, como que idealizaba mucho su pasión. ¿Te acuerdas cuando el profe Luna nos habló del quijotismo? Haz de cuenta que así es Onésimo: siempre ve la realidad con ojos propios, es decir, ¡ay! pues no sé cómo.
No te rías, Elia, pero era como si yo fuera la Dulcinea de Onésimo. Es que me veía como tonto. Al principio aguantaba la risa pero luego, conociéndolo, no sé, comencé a tomarlo en serio. Lo que decía me hacía pensar mucho, era casi como un filósofo o algo así… ¡Ya, Elia! ¡Si te sigues riendo no te cuento más!
Ya mero llegamos, Neto. Si quieres, adelántate a la tienda de Chava y nos disparas unas sangrías. Cuidado al cruzar: la 5 de mayo es traicionera… Fíjate, Balta: no quiero hablar mucho de lo que me pasó con Alejandra, pero la verdad es que la extraño un chorro. Me enamoré, hombre, y de a feo. Fuimos cuatro veces al Cine Colonial y esas tardes de sábado son lo que más me duele. Ya me sentía novio de ella: en la prepa preguntaban qué onda con nosotros y yo percibía todo eso como el sueño más bello y delicado… Tienes razón, Balta, pero qué puedo hacer… Voltea para atrás: méndigo Neto, sabía que iba a comprarse un yogurt de litro.
El segundo sábado en que fuimos al cine, Onésimo se emocionaba con la actuación de Jack Nicholson. Pero yo no entendía por qué un escritor loco llegaba a lavarse las manos con agua hirviendo y siempre con un jabón nuevo. Salimos de la función y le dije que necesitaba llegar rápido a casa. En lugar de seguir por la Niños Héroes, bajamos a la plaza y pagó el taxi. La verdad es que tenía miedo de encontrarnos a Nulfo.

Lo dejé en la puerta y entré a hacerme tonta un rato. Más calmada, lo invité a sentarse en las escaleras del patio. No había problema porque mis papás estaban en la tienda. Por otro lado, si le sacaba silla, aquél podría vernos.
Sobre los escalones, Onésimo supo respetarme. No se acercó más de la cuenta y platicamos a gusto. Habló de cine, música y libros. Le pregunté qué opinaba del básquet, las olimpiadas y las canciones de Bosé. Las horas se fueron rápido y me di cuenta qué buen amigo era Gallos. Ay, se me volvió a salir…

El tercer sábado pasaron una película de Nicholas Cage con presos en un avión, y fuimos más animados. Fue en la semana en que Nulfo pasó con una más oxigenada. Pero ya empezaba a valerme, Elia. Lo malo fue el cuarto sábado, en la película de terror.
Acá te esperamos: no tardes… Siéntate, Balta: éste cobra el dinero de su mamá y nos vamos… No, nunca la traje a esta placita. Hubiera estado bien sentarnos frente a la fuente y contemplar el juego de los niños… Ya sé: me pongo muy poeta. A veces así se me iba la onda con Ale cuando platicábamos en los escalones. Ahí me sentía más a gusto: en la Prepa ya no me encontraba tan bien con las miradas de todos. Para darle libertad, casi no me juntaba con Ale en los recreos: quise conquistarla con cada sábado. Hasta buscaba a Chuy Gándara para preguntarle qué película seguía. Pero el sábado de Scream 2… todos lo supieron pero voy a contártelo como realmente sucedió.

Hablando bajito le comentaba sobre Wes Craven, cuando alguien le habló por detrás. “¿No invitas a sentarme, mi’ja?” Detrás del hojalatero vi a Gilberto. Eso me sorprendió mucho y no supe qué hacer. El ex novio me pidió que me fuera y no le hice caso. Eché mano de toda la determinación que tenía y me paré frente a él.
Fue muy valiente, Elia, pero de qué sirvió. Nulfo llevaba las de ganar: sabes que es alto y más fuerte. Él dio el primer empujón y Onésimo contestó. Entonces vinieron los golpes. Empecé a gritar y mis gritos se confundieron con los de la actriz en la pantalla. Gilberto Lira se emocionaba y no hacía nada para separarlos. Hasta que llegó el hijo del dueño y su amigo. Entre los dos los separaron. Gil fingió ponerse del lado de Onésimo. A Arnulfo comenzaba a sangrarle la nariz, pero Gallos tenía un ojo cerrado. Onésimo lloraba, es la verdad. Me sentí tan mal que me abrí paso entre los mirones que se habían levantado de las butacas para chiflarles y echarles porras. No podía estar un minuto más allí. Me sentía tan espantada, Elia… tan culpable…
Chuy Gándara apretó mis brazos para que no me soltara. Al hojalatero lo detuvo el Kena. Yo tenía un ojo lloroso, pero no es cierto que chillé: era el morete que iba a salirme. Gilberto y Chuy me llevaron a la casa, pero yo quería ver a Alejandra. No podía permitir que su ex novio la acosara de esa forma: yo debía hacer algo. Mi mamá me regañó y mi hermano me dijo que era un pendejo. Pero a escondidas de ellos tomé el teléfono.
Nadie lo sabe, Balta: le hablé para pedirle que fuera mi novia. Así, de una vez. La escuché casi llorando, diciendo que lo sentía mucho, que ahora menos podría ser. ¿Todavía lo quieres? le dije. Contestó que nada de eso: además nunca volvería con él. “En este momento no puedo hablar contigo. No puedo verte a la cara. Mejor hablamos en la prepa el lunes… Gracias por entenderme”. Me saqué de onda, Balta, pero acepté.
¿Recuerdas que ese lunes falté a clase? Fue cuando llegaste a platicarme que Gallos traía chico moretote y andaba buscándome. Eres mi amiga y confío demasiado en ti: sabes que no estaba enferma, que todo fue pretexto. Me daba pena con mis papás porque hasta a la tienda llegó el chisme del pleito en el Cine Colonial.
Esa noche trajeron la serenata de estéreo. “¡Alejandra: ya llegó Arnulfo González!”, gritaron varias voces mientras Alejandro Fernández cantaba “Es cosa de hombres”. Pedí a Dios que mi papá no se levantara. Me pregunté también quién llamó por teléfono tantas veces y nunca me habló: Nulfo, Onésimo o los dos.
Mi madre se acercó a la cama y platicamos mucho: “Debes dar la cara a los problemas. Haz lo que sientas mejor”. En el recreo vi a Onésimo y le pedí que me esperara a las seis cerca de la farmacia Jalpa. A esa hora Arnulfo estaba trabajando y yo no levantaría sospechas con sus amigos: sólo iba por las inyecciones de mi tía Pevece.
Había entrado al negocio de imprenta para divisar cuando llegara. Hojeaba calendarios y salía; postales y salía; invitaciones y salía. Hice confianza con la dueña y le confesé que esperaba a una muchacha. “Por la que me hicieron esto”, y soltó una risa amplia. En una de ésas vi cuando Ale se metió a la farmacia y salí de la imprenta después de agradecer a la señora. Saludé a Ale con un beso en la mejilla y ella en silencio. A un lado del mostrador saqué las flores blancas.
Ahí viene Neto… ¡Nel, me da pena!… Está bien: le contaba a Balta lo que pasó cuando Ale me citó aquel martes. Siéntate, ahorita nos vamos… Ale me pidió que recordara lo que apunté en la servilleta que ella arrugó sin querer. Sí, lo de “busco que seas feliz”. Me dijo que debía pedirme un favor: olvidarla. “Jamás regresaré con Arnulfo. Pero tampoco puedo dejar que te ilusiones más conmigo”.
Hablamos sentados en las jardineras afuera de la farmacia… La verdad es que Alejandra Reyes no me quiere. Mi determinación ha sido mucha, pero el amor de Ale es algo fuera de mi alcance. Me pidió que, por bien de los dos, ya no le hablara en la prepa, que ya no la buscara, y que nunca confiara en Gilberto Lira. Se me cerraba un mundo en medio de la 20 de noviembre, en una calle casi sola, frente a la primaria donde había estudiado. Alejandra no me quiere, pensé. No me quiere. Me dijo “Perdóname. Eres muy bueno”, me dio un beso cerca de los labios y dio media vuelta.
Me toca ayudar a mi papá en la tienda. ¿Me acompañas?… Te decía que me dio pena por Onésimo, pero ni modo. Por eso no quiero tener novio ahora. Arnulfo sigue quemando llanta frente a la casa pero esto parará ahora que venga mi hermano de Arizona… No quiero andar con nadie, me da pena ver a Onésimo de lejos, callado, y no me gusta que sigan chismeando lo mismo… Qué más puedo hacer, Elia: dime si decidí mal. Mi mamá ya no dice nada, pero tú eres mi amiga: ¿qué piensas de todo esto?
Se cumplirán tres semanas. No ha sido fácil, pero es por su felicidad. Tengo determinación para cumplir mis promesas y prometí a Ale no volver a buscarla. Por eso regresé después de preguntar a don Federico si la había visto: acababa de prometer algo y ya me contradecía. Volví a poner en alto mi determinación. Además, como ya dije, ella me lo pidió por su felicidad: entonces para qué seguir rogándole. Miré las columnas de los telégrafos y decidí regresar a la casa… Ya ni llorar es bueno. Aunque todavía duele pasar por el Cine Colonial. Por eso cuando bajo me voy por la Concordia, aunque haya escalones estorbosos… Bueno: levántense y vámonos, que ya oscurece.


hola
me gustó mucho la historia, no dejé de leerla hasta terminar,
parece un cuento de la vida diaria, no sé si asi sea
cuando para unos nos es el amor, para otros una tonteria.
un saludo
comentario por alanglz — Abril 16, 2008 @ 11:11 pm |
Hola, quiero decirte que me gusta mucho tu blog y que es la primera vez que entro. Saludos!
comentario por Budokan — Abril 17, 2008 @ 3:03 pm |