Al igual que yo, mi madre nació a muy pocos metros de un arroyo. Ese rancho se llama Corral de Piedra, entre Jalpa y Tlaltenango, y por cada espacio suyo paseé, jugué a ser jinete y a todos lados entraba. Dentro de cada casa me ofrecieron platos atiborrados de carne con chile y frijoles, tortillas tatemadas y jocoque con tomatillo.
Durante esos fines de semana en mi niñez me arropé con la excesiva confianza que entonces reinaba entre los vecinos. Los chiquillos podíamos entrar a cualquier casa y corral: sólo un palito era travesaño de cada puerta de la misma madera, puesta contra la intrusión de algún animal.
En los patios crecían jitomates, cilantro, orégano, chiles, cebollas, ajos, cacahuates. Merodeaban las gallinas junto a la vaca lechera y el puerco. Durante esa época cuál temor de que alguno fuera a robar algo a los vecinos. Además todos se conocían, convivían constituyendo el mismo rancho.
¿Qué nos sucedió? ¿En qué momento nos perdimos? El respeto por lo ajeno se devaluó, comenzó la rapiña y el abuso de confianza. Se ha enrarecido el ambiente, cualquier fulano que nos sonríe nos parece sospechoso, “algo querrá, por qué me pregunta cómo estoy, mejor escapar cuanto antes”.
Los políticos de hoy también son otros. Antes don Jacinto sólo tenía ilusión de ser presidente del pueblo: convencía a otros, conseguía la candidatura por el PRI y ganaba. Terminaba la gestión y, dentro de la sala, el viejo colgaba el cuadro con la banda tricolor, como recuerdo. Después a seguir criando vacas.
Los políticos contemporáneos dan la impresión de buscar un puesto para utilizarlo como peldaño y llegar a otro más grande. Es decir, hacen de los fines otros medios. Y nunca quieren retirarse, que es peor. Y vienen a gobernar como extranjeros, como gente de paso, porque saben que no se quedarán a vivir acá y, si lo hacen, será dentro de su paraíso privado, fortificado, aislado.
Ha muerto la confianza de antes. Lo siento no tanto por nosotros, sino por nuestros niños, obligados a criarse entre contraseñas, cautelas, alarmas, candados digitales, y personas y políticos de los que no debemos fiarnos.

