Simitrio Quezada escribe

Mayo 26, 2008

Lo que piensa Abel García Guízar sobre la propuesta de subir el nombre de Antonio Aguilar a una pared de la sede del Congreso local de Zacatecas

Aparte de docente en la Facultad de Derecho en la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), Abel García Guízar ha publicado algunos libros. “Colgados de sol” se llama uno, lo recuerdo.

Hoy leí un texto que publica en la prensa local zacatecana, “Diputados al borde de un despropósito”. Es una de dos partes, donde el jurista se opone a una propuesta del autonombrado “qué buen diputado” Arnoldo Rodríguez Reyes, hijo de don Arnoldo Rodríguez Zermeño, gran empresario radiofónico.

La propuesta es que se ponga en una pared del recinto legislativo local, con letras doradas, el nombre “Pascual Antonio Aguilar Barraza”.

Esto opina García Guízar.

Perdón, aclaro antes de transcribir: don Abel se equivoca en una línea del corrido de Gabino Barrera: no es “sus 10 campesinos (usaban huaraches)”, sino “sus pies campesinos”. ¡El desmadroso Barrera no tenía peones!

Ahora sí, el texto:

Uno. Tengo a la vista la iniciativa de decreto del jueves 8 de mayo de 2008 que el diputado panista Arnoldo Rodríguez Reyes presentó al pleno de la 59 Legislatura local (“Honorable Asamblea Popular”, comienza, como si estuviera en el ágora), para que ordene se inscriba con letras doradas, en un muro de la sala de sesiones, el nombre de Pascual Antonio Aguilar Barraza. En su exposición de motivos el diputado apunta las virtudes que debe reunir un ciudadano para merecer tal distinción: haberse destacado de manera verificable por sus “servicios a la patria, a la administración pública de nuestra entidad federativa”, o haber sobresalido por sus aportaciones a “la ciencia, la historia, la política, el arte…”, con las cuales coloque “muy en alto” los nombres de México y de Zacatecas.

El absolutismo no aceptaba límites ni contrapesos en el ejercicio del poder. Por ello fue la crítica, y no una estructura material, la que se erigió en le enfant terrible de los excesos en la cultura y en la cosa pública. El legislador moderno, integrante de un órgano sustantivo del Estado que sustituyó en este campo las funciones del monarca desde el “pacto federal” norteamericano, debe practicar la ponderación como su otra naturaleza al sopesar las iniciativas que trabaja. En ciertos casos, los métodos para que el legislador obtenga esa visión ponderada en el ejercicio de su responsabilidad son la crítica, hija del siglo 18, y la comparación escueta. Veamos:

Hasta este momento han conquistado ese merecimiento: Francisco García Salinas, Ramón López Velarde, Tenamaxtle, Luis de la Rosa Oteiza, Enrique Estrada Reinoso, J. Jesús González Ortega, Mauricio Magdaleno, Víctor Rosales, una entelequia como “El migrante Zacatecano” y una institución como la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ). Méritos les sobran y, salvo en el caso de “El migrante Zacatecano”, cualquier interesado puede consultar su historia –en el caso de la UAZ– o sus biografías.

¿Cuáles son las virtudes trascendentes de Antonio Aguilar como servidor de la patria, la ciencia, la administración pública, la historia, la política o las artes para merecer estar al lado de Tata Pachito, González Ortega, López Velarde, Víctor Rosales o Tenamaxtle haciéndoles el favor?

Dejo de lado la ciencia y la historia, no sea que se empiecen a retorcer los huesitos de maestros respetables como José Arbol y Bonilla, Alfonso Toro, Elías Amador, Angel Ruiseco, Ignacio Hierro, Salvador Vidal, o la gran Eulalia Guzmán, pionera de las mujeres profesionistas que se emanciparon con la tradición en contra. Su múltiple perfil científico-académico se extiende desde 1910 en que recibió su primer título –maestra normalista– y casi hasta su muerte en 1985. Licenciada en arqueología, posgraduada en filosofía, militante maderista y opositora a la usurpación de Huerta, fue después jefa de Alfabetización Popular, inspectora y jefa de Enseñanza Primaria y Normal en la SEP. Trotabibliotecas del mundo, investigadora y arqueóloga, exploró en Monte Albán, Oaxaca, y el estado de Guerrero, donde, aseguró, y aportó sus evidencias en 1949, haber descubierto los restos del “joven abuelo”, último de los emperadores aztecas. Autora de trabajos de consulta obligada: Escuela de la acción, Filosofía de las culturas, Caracteres fundamentales del arte prehispánico, Genealogía y biografía de Cuauhtémoc, etcétera.

¿Resulta cuerdo equiparar estos méritos con los de un espécimen de la farándula de caballitos? Conste que no tengo nada en contra de los caballos, pero el caso es que, sin aportar ningún tipo de investigación pormenorizada que respalde calidades eminentes, el diputado comienza por aludir al personaje en cuestión de la siguiente manera: “Realizó”, dice con azarosa vaguedad, “grandes aportaciones a las artes”. Enseguida lo asaltan a uno las preguntas aguafiestas: ¿aportaciones a las artes cómo las hechas por Manuel Pastrana, Candelario Huízar, Manuel M. Ponce, Julio Ruelas, Enrique Fernández Ledesma, Francisco Goitia, Genaro Codina, Pedro y Rafael Coronel, José Kuri Breña o como las de aquel humilde maestro Manuel Benítez, quien sólo existió por y para la música (compositor, instrumentista e intérprete: flauta, chelo, guitarra, mandolina, etcétera) sin más veleidades en su vida que el arte mismo durante 65 años, de 1911 hasta los años vísperas de su muerte en 1983?

El maestro Benítez siguió (¿persiguió?) a la música, o ésta a él, prácticamente por todas las latitudes del país en multitud de orquestas, bandas, sinfónicas, compañías de zarzuelas y operetas –como la de Esperanza Iris– y varios grupos musicales, algunos fundados por él mismo, hasta regresar a Zacatecas a finales de los 30 del siglo pasado, donde por más de 30 años interpretó, compuso e instrumentó, según don Emilio Rodríguez, 50 marchas, 12 pasos dobles, seis polcas, 13 valses, 20 himnos, 20 canciones, cinco melodías bailables, 14 corridos, dos gavotas, una mazurca, dos chotises, ocho misterios y varios popurrís para la tan celebrada Banda de Música del Estado, en la que fue además profesor y subdirector.

Muchos todavía conocimos a aquel anciano enfermo que impartía penosamente clases de mandolina en el desaparecido Instituto Zacatecano de Bellas Artes (IZBA) por 80 pesotes quincenales. Algo así como nueve boletotes para ver otras tantas peliculotas de Antonio Aguilar en los 70. Murió decrépito, olvidado, triste, sordo, casi ciego y en la más terrible de las miserias. ¿Ninguno de ellos merece estar en letras doradas en el recinto legislativo antes que el destacado actor de “comedias rancheras”, como las llama el proponente?

Y sigue igual de vago el diputado: “durante los años 40 estudió canto y arte dramático en Los Angeles”. ¿Dónde? ¿Por cuánto tiempo? ¿Con qué maestros? Han existido grandes y respetados autodidactas, pero es el diputado quien pretende endosarle un perfil académico-musical que no demuestra en su iniciativa. “Grabó más de 160 discos”. ¿Con cuál de ellos revolucionó el concepto estructural de la música popular, como sí lo hizo José Alfredo y lo está intentando el mismo Juan Gabriel, quienes tampoco merecerían sólo por ello letras doradas en los congresos de Chihuahua y Guanajuato? Y vaya que José Alfredo… Y se extiende en su extraña relación el diputado: “fue el único hispano en llenar el Madison Square Garden de Nueva York por cinco días seguidos”.

Qué buena onda, pero jamás se supo que con el dinero de las entradas se haya financiado alguna ciencia, historia o arte. Que aquella recaudación haya ido parar a su bolsillo es absolutamente legítimo. Era su trabajo. Pero, ¿servicio patriótico? ¡Vaya invento! Luego agrega: “participó en alrededor de 150 películas”: Heraclio Bernal, Emiliano Zapata, Gabino Barrera, Lucio Vázquez…

Por cierto, al diputado se le olvidó mencionar la única película, Los hermanos del Hierro, donde despliega el talento interpretativo más convincente de toda su carrera. Lástima que una golondrina siga sin hacer sola un verano. Y termina: “tuvo la sensibilidad de transmitir serenidad, emociones y sentimientos (todas nuestras madres lo hacen, ¿que no?), por lo que es justo reconocer la pasión y entrega (todos los enamorados lo hacen, ¿qué no?) de este intérprete que es un ejemplo para la sociedad mexicana”.

¿Qué se entiende por “sociedad mexicana”? Sólo la simpleza unidimensional o la suspicacia maliciosa sobre la pluralidad social de nuestros días, por desgracia todavía en zona de déficit, pueden poner de ejemplo a un apologista de los valores machistas más retrógrados en su –no sólo en ésta– interpretación musical más afamada, Gabino Barrera: aquel bragado matón que no entendía razones andando en la borrachera y que, para júbilo de la equidad de género, dejaba mujeres con hijos por donde quiera.

¿Y por qué hacerlo revolucionario a chaleco en la película del mismo nombre? ¿Sólo porque con una botella de “caña” en la mano gritaba ¡Viva Zapata!? Para empezar, si hubiera sido zapatista no debió tener peones (“sus 10 campesinos”). La tierra es de quien la trabaja, ¿qué no? Pero él, además, los traía a veces con guaraches y a veces a ráiz (descalzos), porque, como “la plata no le importaba”, le gustaba despilfarrarla en mariachis. Si por lo menos hubiera “perdido” por no traer tan fregada a su gente. Pero no. Macho al fin y al cabo, tenía que buscarse, “como los gallos en los tapados”, una muerte absurda.

Ya sé que se trata de una película y un corrido. Pero el patrón se repite de manera tan obsesiva que, como sucede hoy por hoy con las apologías de narcos, cada género va labrando su culturita, exaltando sus valores e induciendo sus maneras. En una democracia que se pretende plural y equitativa, tanto la exaltación del estereotipo macho abusador, como la de la violencia estructural y desalmada de estos días, deben ser puestas al margen de la vida cotidiana. A nadie, pero menos a un legislador, le es lícito contemporizar con superestructuras aberrantes.

3 comentarios »

  1. Paisanito, disculpa que no comente nada sobre lo de Antonio Aguilar ya que te confieso, no lo he leído. Mi visita es para saludarte, y como estuve de viaje, no había tenido oportunidad de ver Lost… ¿qué onda con Cabin Fever? todavía me falta There’s no place like home Part 1… pero Cabin Fever, qué? asi o más fumado? creo que necesito verla de nuevo jajaja. Espero tus comentarios. Un abrazote :)

    Comentario por Gaviota — Mayo 27, 2008 @ 10:29 am | Responder

  2. Ni cómo hacerle para defender al paisano.

    Ora sí que ni metió las manitas…

    ‘Un chivo pegó un reparo
    y en el aire se detuvo
    hay chivos que tienen madre
    pero éste NI MADRE TUVO!’.

    Comentario por Mr. Greg — Mayo 27, 2008 @ 11:38 am | Responder

  3. Ahora si ya leí. Ni cómo ayudarle. Tampoco estoy de acuerdo… no hay punto de comparación con ninguno de los que aparecen ahi.

    Aclarado el punto… ¿tus opiniones de Cabin Fever son….?

    Besos

    Comentario por Gaviota — Mayo 28, 2008 @ 8:12 am | Responder


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