Lo que piensa Abel García Guízar sobre… (Segunda parte)

Dos. Cuando era chico, y más habiendo vivido en el municipio de Villanueva, también solía divertirme con las chocarrerías de Antonio Aguilar en sus refritos. Me emocionaba el juego infalible de imaginar por adelantado, y confirmarlo ante la pantalla, que sus caballos ganaban todas las carreras de las que dependía la suerte universal de un rancho; que, sin despeinarse o recibir rasguños, sometiera a mano limpia a 10, 20 o más maldosos; que las pueblerinas quisieran todo con él; que se quedase siempre con el mejor partido; que no fallara con los tiros de su pistolón o lanzando su cuchillo; o que en la serie de Mauricio Rosales nos hiciera soñar con que la justicia siempre triunfa sobre los malditos. Pero, ¿sólo por divertidos, inverosímiles o maniqueos merecen el calificativo de obras de arte?

También me llegué a emocionar con las peripecias de “su” Emiliano Zapata, “su” Heraclio Bernal, “su” Gabino Barrera y “su” Lucio Vázquez, que siguen conmoviendo al diputado. Pero esto me sucedió hasta antes de compulsar bibliográficamente las imposturas, falseamientos e insuficiencias sustantivas, que colindan con la mutilación, perpetradas en las biografías de estas personas para ajustarlas a determinadas expectativas de mercado y parámetros oficiales de censura. A menos que se suponga que el cine del Tony sea de ese género llamado “de autor” y no premeditadamente comercial.

¿Por qué no quedan tan ferozmente explícitas en sus churros supuestamente históricos donde aborda la figura de Zapata, por ejemplo, las brutales confrontaciones de éste con Madero en 1912, y con Carranza desde 1916? Brutales hasta la permisividad implícita del primero del exterminio de comunidades indígenas en el estado de Morelos, y la autoría intelectual del segundo en el asesinato mismo del caudillo agrario. No fuera a ser que le enlataran sus kilómetros de cinta como le sucedió a Julio Bracho durante décadas con La sombra del caudillo.

¿Cuándo protestó Antonio Aguilar contra los parámetros de las verdades oficiales en alguno de los álgidos periodos de lucha por democracia y libertad de expresión, cuando muchos mexicanos estaban pagando con tortura, asesinato y cárcel por ello en esos mismos años? Hasta Octavio Paz renunció a una embajada suculenta por la matanza del 2 de octubre de 1968. Sin embargo, el Congreso federal no autorizó colgar su nombre de alguno de sus muros. Y vaya que, aparte de sus méritos poéticos, éste sí revolucionó el concepto tradicional de ensayo. Tan mezquino fue pecar allá de cicateros como lo sería hacerlo
aquí de graciosamente espléndidos.

Por fortuna existe algo que se llama memoria histórica. Algunos diputados recordarán que las más notables aportaciones de Antonio Aguilar a la política fueron aquellos gigantescos acarreos de campesinos en los que oficiaba de animador estrella, y en los que, por una torta y un refresco, eran convertidos en la escenografía inefable para que los candidatos priístas a gobernador y Presidente de la República se dieran baños de pueblo durante sus campañas políticas. “¿Por quién van a votaaaaar?”, los instruía en la Plaza de Armas o en la Plaza de Toros, o en cualquier otra plaza municipal, el ahora en vías de beato cívico. “Cuando yo levante mi sombrero, ustedes gritan el nombre de nuestro candidato y yo les canto otra canción. ¿Por quién van a votaaaaar?”

Parafraseando al escritor y amigo ya difunto Severino Salazar, la política es un lugar extraño. Pero también frecuentemente perverso. Aquellos mítines eran organizados por el partido más corrupto y perpetrador de atrocidades electorales del siglo 20 –era el único que podía cometerlas, sobre todo durante la edad de oro del corporativismo mexicano que va de Cárdenas a Zedillo–, contra el cual los jerarcas del PAN se habían preparado para su “Brega de eternidades”. Y mírelos ahora con el tema del petróleo.

Con todo, no fue la “gente decente” del blanquiazul la más agredida por décadas y décadas de intolerancia. Lo fue la izquierda, incluso la partidista. Las más dañadas, sin embargo, fueron las organizaciones autónomas de la izquierda social. Y como en política todo se paga, aquí salta de nuevo el susodicho.
En 1979, un grupo de campesinos sin tierra del municipio de Villanueva, con base en una solicitud ante la Secretaría de la Reforma Agraria (SRA) –que ni los vio ni los oyó, como diría años después un prócer–, y luego de una difícil investigación en Zacatecas y otras partes del país, la cual dio como resultado la presunción sólida de que Antonio Aguilar era poseedor de aquello que la Ley Federal de Reforma Agraria tipificaba como “latifundio simulado” hasta antes de la contrarreforma agraria del prócer aludido, se metieron al Potrero de Morones, que ya había sido de sembradura y pertenecía al actor. La inminencia del tiempo de aguas sin que la SRA concediera al menos una resolución provisional los orilló a tomar esa medida.

Pero los méritos de Antonio Aguilar que ya sabemos, lo habían vuelto uno de los ciudadanos intocables del estado. Hubo un desalojo (en esos años,
hasta los agentes de tránsito eran mandados a los operativos para aporrear campesinos) y, acto seguido, una reocupación de los terrenos, otro desalojo y otra reocupación. Después del tercer desalojo fueron hechos prisioneros los dirigentes del grupo solicitante. En cambio, el activista universitario que participaba en esa lucha fue secuestrado, atado y encostalado para ser remitido no a un tribunal, sino a la Zona Militar de Guadalupe y, de ahí, al temible Campo Militar Número 1 del DF, donde tantos luchadores sociales del país desaparecieron en los años 70, durante la llamada guerra sucia.

Este traslado se cortó en algún tramo de la carretera a San Luis Potosí porque, en Zacatecas, otro universitario de apellido Gamboa había presenciado el plagio. La noticia se esparció. Entonces el susodicho, que era profesor en la Preparatoria 2 de la UAZ, fue devuelto a la ciudad para ser formalmente procesado. Era julio de 1979.

No, Antonio Aguilar no fue responsable del secuestro. Sería estúpido acusarlo de eso, a pesar del júbilo declarado por él en prensa y radio porque al fin se empezaba a poner en orden a los agitadores que envenenaban campesinos. Dos días antes se había secuestrado al también profesor universitario Salvador González Leaños. La verdadera responsable fue aquella perversidad intrínseca de un sistema autoritario que de forma tan expedita sacaba de circulación a sus indeseables y mimaba a sus criaturas más queridas. Pero Antonio Aguilar fue una de esas criaturas.

Tres. Existió hace algunos años una fauna atípica y poco numerosa de panistas que leían y escribían muy bien, como Castillo Peraza, o que hablaban bastante bien, como González Morfín, o que incluso hablaban más que bien, aunque abusaran del oficio como Fernández de Cevallos. Hubo otros que, como González Schmal y Ortiz Gallegos, prefirieron salirse del PAN hace varios lustros, acaso horrorizados porque los nuevos panistas tipo Vicente Fox, que entonces iniciaban la cooptación de su partido, jamás dieron su brazo a torcer, ni siquiera tratándose de la Constitución o de “José Luis Borgues”, para no sentirse desdichados en la desolación inmensa de una página.

Aquellos ejemplares, que sí sabían de intríngulis parlamentarias, son una especie en extinción. Porque el panista típico de ahora, ese sublector que tiene a mucha honra colocarse por debajo del promedio nacional de un libro al año, se reproduce tan vertiginosamente como los despropósitos planteados en sus iniciativas, aunque éstas pongan a bailar al pleno, según reportaron prensa y radio. ¿Por qué el fast track si el charro apenas se nos murió el año pasado? Ya ni Juan Pablo II.

Señor diputado, permita al menos que supere la prueba de los años, condición sine qua non para declarar héroes y santos. Quien quita y en cinco décadas se nos olvide La Suave Patria y sigamos recordando Los muertos no hablan. ¿Pero qué necesidad tiene de exhibir semejante populismo? Aflíjase mejor por evitar los autogoles a la dignidad parlamentaria. Porque si a propuestas vamos, yo, con humildad republicana solicito que, antes que Antonio Aguilar, se considere a dos que sí se ajustan a los méritos y requerimientos constitucionales: la maestra Eulalia Guzmán (que al menos haya una mujer, ¿qué no?) y a Juan Cureña Valdivia, nuestro olvidado pípila zacatecano.

Fue de estirpe minera en un estado minero por abolengo. Simpatizante de la causa insurgente desde los primeros días, tuvo la ocasión de ratificarlo de la forma más convincente en que lo puede hacer un hombre. Sucedió a principios de abril de 1811, en el Cerro del Grillo según Elías Amador (en Anáhuac, Concepción del Oro, según Roberto Ramos Dávila). Ante la falta de una cureña para cañón, Juan se ofreció para que se lo ataran a la espalda. Luego de la explosión ésta le quedó de tal modo destrozada que a causa de ello le sobrevino la muerte. El pípila guanajuatense tan celebrado consiguió morir de viejo. Nuestro Juan Cureña, tan olvidado, decidió morir como héroe romántico. Ahí tiene una figura verdaderamente popular, no en el sentido comercial de rating, sino en el de los hombres y mujeres que dan un paso al frente desde el México profundo.

Mientras tanto, señor diputado, no se haga bolas, como también dijo el multicitado prócer aludido. Esos malabares entre las autenticidades y los facsímiles justamente ahora, se parecen a cortinas de humo. ¿No sería más provechosos el uso de su tiempo si, mientras son peras o manzanas, convoca a foros de discusión sobre el tema del petróleo, que, este sí, tiene mucho qué ver con el ejercicio de la soberanía popular que representa en la “Honorable Asamblea Popular”? De lo contrario, resulta legítimo pedirle de una vez: ¿por qué no inscribir a La Chimoltrufia? Después de todo Florinda Meza también es zacatecana y, para mayores servicios a la patria, la historia, el arte o lo que usted desee, esposa de un ideólogo panista tan reconocido como Chespirito.

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5 comentarios

  1. Habrá que apuntar también en la terna a Juana Gallo, al cabo que nomás es el nombre, porque si fuera como la credencial para votar, con fotografía, en una de esas mejor pedíamos que en lugar de la de Angela Ramos colgaran la de María Félix.

    Saludos.

  2. Jajaja la Chimoltrufia. Te pasas. Pero es buen punto. Excelente entrada paisano.

    Abrazos

  3. María Félix, cuando donó aquella Historia de México en 3 tomos -¿la de Clavigero?-, se mereció algo más que una pequeña nota en Telerrisa de 2 minutos.

    Y por esto sólo, ya le lleva ventaja insuperable al Charro Zacatecano.

  4. Yesenia Garcia · · Responder

    Hola Tio Abel!

  5. Lucia Gonzalez · · Responder

    Abel Garcia.
    Aunque no soy mexicana, sigo sus interesantes comentarios. Me gusta su conocimiento profundo de la historia de su pais; lei Y codiciaran las tierras Huicholes, pero tambien se de su poesia tan sentida y vibrante.
    Un saludo desde Colombia
    Lucia Gonzalez

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