Simitrio Quezada escribe

Junio 21, 2008

Un cuento: Lourdes

La noche en que al fin Delia me confesó andar con el tal Mauro (”no te enceles: sólo es un amigo”, insistía cinco meses antes), eché mi ropa a la única maleta que teníamos en el departamento y me largué por las calles recién mojadas. La gabardina que me regaló en mi cumpleaños no era bastante gruesa para cuidarme del frío: hasta en eso había quedado a medias. Haciendo a un lado los pensamientos que ya no tenían caso, me encaminé al parque Darío buscando los taxis que ahí se apostaban.

Bajaba por la calle Roma cuando divisé uno, con el 297 en el frente. Tomaría el autobús de las once a San Andrés: en casa de mis padres conservaban intacta mi recámara. Hacía la seña al taxista cuando una güerilla de chamarra beige apareció trotando por la otra calle, con una mano extendida hacia la puerta del vehículo. Iba a reclamarle, pues incluso el chofer ya me había encendido y apagado sus luces, cuando la muchacha gritó “mamá, dile a Ulises que se apure”. A la derecha, al lado de un niño jadeante, reencontré el nervioso caminar que diecinueve años atrás me cautivara.

* * * * * * *

Lourdes fue novia de Javier, quien yo creía mi mejor amigo en la secundaria. Los tres estuvimos en el mismo salón y desde segundo noté que existía gusto entre ellos, a pesar de que ya le había confiado a él que Lourdes era mi amor platónico. En un principio no me preocupé porque Javier andaba con Ileana, la bastonera sensación de los desfiles, la que enseñaba más pierna. “¿Qué onda con la Lourdes?”, me echaba carrilla cuando los cuates íbamos a fumar por el rumbo del mezquite. “Ya agárratela, güey. Vamos a salir de tercero y tú todavía chaqueteándotela por ella”.

* * * * * * *

–¿Lourdes Torres?

–¿Qué? ¡Gustavo! –Mientras me abrazaba reparé que, exceptuando el color del cabello, la chica se parecía a su madre: recordé a aquella Lourdes que me pedía dejarla copiar en Matemáticas.– ¡Estás igualito!

–Tampoco: hay bastante diferencia entre quince años y treinta y cuatro.

–Mami ¿quién es el señor?– era evidente el cansancio del niño, quien tendría unos seis años.

–Un amigo, Chiquito… Hija: saca el cuaderno de mi bolsa. Gustavo: déjame tus datos para hablarte luego. Es que ya nos vamos… ¡Ay! No me digas que ibas a tomar el taxi…

La güerilla tenía la puerta abierta y la bolsa entre sus manos. Reí y Lourdes pasó una mano por su frente.

–¡Qué vergüenza! Estaba ganándotelo mi hija ¿verdad?

–Olvídalo. Se ve que tu niño tiene sueño.

–No, no. Si quieres podemos compartirlo. Sirve que me platicas qué ha sido de ti.

–Está bien: que los lleve primero.

Me senté a un lado del taxista de anteojos y cachucha de los Raiders. Lourdes dijo “Canarios 1011″ y, mientras arrancaba el 297, el retrovisor me confirmó el parecido de las mujeres.– ¿Sabes? –Lourdes hablaba al mismo retrovisor– No cabe duda que Dios hace que nos encontremos en el momento más indicado. ¿No crees?

La llovizna recomenzó. Cuando las llantas patinaban con la subida, vi de reojo el rostro pujante del taxista.

–Puede ser.

La chica se llamaba igual que su madre: nombre y apellidos. Acababa de cumplir dieciséis y su regalo había sido una computadora. “Por eso te digo que estoy completamente entregada a ellos. Son mi vida y los adoro. ¿Verdad que sí, Chiquito?”

–Mami ¿ya mero llegamos?

–Ya estamos cerca… Y ¿adónde vas, Gustavo?

–A la Central de Autobuses… A San Andrés, más bien; a casa de mis padres.

–¿A esta hora? Si te vas ahorita llegas como a las dos ¿no?

–Tengo llaves.

–Siempre te ha gustado lo difícil. ¿Por qué no llegas a la casa para que tomes un café y me cuentes de ti? Ya ves que ni te he dejado por contarte lo mío.

–Debes descansar, Lourdes.

–Nada, nada: no todos los días vuelvo a encontrar gente de mis “años maravillosos”.

Después de sostener un pleito mudo con las mujeres (cargando al niño somnoliento, Lourdes grande pedía a la chica que sacara un billete de su bolsa y se me adelantara), pagué al taxista. La casa de dos pisos era pequeña, aunque llamaba la atención el farolito naranja y una maceta con dos geranios a la derecha de la puerta.

No le di detalles de mi ruptura. Preguntó si Delia era también de San Andrés, a lo que contesté que no. Viendo la luz proyectada en la pared aledaña a las escaleras, me explicó que desde la noche del cumpleaños su hija se desvelaba con el internet. “Ahora no me preocupa porque mañana es sábado… Pero mejor sigue contándome”. Desvié la plática a lo del proyecto de centro comercial, mis desacuerdos con los demás arquitectos y otras banalidades. Ella terminó de relatar las historias del papá de Ulises y el último casado que la había pretendido.

* * * * * * *

Cuando el escándalo de Ileana, me tocó lidiar con Javier. Nadie más le aguantaba el humorcito. No era para menos: la pública bofetada de la bastonera tumbó durante buen tiempo el orgullo del galán. Mientras tanto yo seguía decepcionado: Lourdes recibió mis dos cartas y me había dejado acompañarla después de clases, pero no daba muestras de aceptarme más allá de la amistad. El día del pleito entre Javier e Ileana fue la tercera y última tarde en que me dejó ir con ella, y sólo estuvo preguntando por qué aquéllos habían tronado. Por eso una semana después no me extrañó que Cristi me recibiera en el pasillo para anunciarme el nuevo noviazgo. Estaba pasando apuntes cuando dieron el toque de recreo. Dos o tres minutos después, al levantar la vista, topé con Javier.

–¿Te agüitas, güey?

–¿Qué quieres que haga?

–Ni modo, güey: cuando te toca, te toca.

No dejé de ser amigo de ambos y por eso dolió más. Los besos que él daba a Ileana los relucía ahora con Lourdes. Solos o acompañados, Javier nunca le soltaba la cintura. Me sentía estúpido al recordar cómo se ufanaba de sus agasajes con la bastonera y cómo ahora podía presumir lo mismo con mi amor platónico, en la misma bolita de cuates, pero ahora cuando yo no estuviera. Fui imbécil al carcajearme con los demás, festejando al Javier que hablaba de su mano en la piernota, los apretones, los arrejuntes a la falda, su lengua en la saliva de otra lengua; y saber que en ese instante en que yo estudiaba Civismo, él entretenía a Lourdes en el parque haciéndole lo que antes a Ileana: seduciéndola, ayudándole a ser una mujer distinta de la que amaba.

* * * * * * *

Como quiera puedes divorciarte y encontrar otra mujer. Pero una… Ya con hijos no te quieren tan fácil. Te pretenden porque creen que luego luego irás a la cama con ellos. No, Gustavo. A veces me canso de estar sola, pero me consuelo pensando que quizá esto es lo mejor. A mi Lourdes siempre le hizo falta una figura paterna; por eso cuando me enamoré de Genaro pensé que él sí se quedaría conmigo. Y te digo que cuando me enteré de su esposa y su niña, Ulises ya venía en camino y Genaro sólo se hizo el loco… Ay, Gustavo: ustedes los hombres no tienen madre.

En ningún momento mencionamos a Javier Muñoz… Platicó cómo, animada por su tía Esther, vino a Mate en fines de semana a unos cursos de enfermería. “Estuve siete meses en el Hospital de San Andrés, y pude estar más, pero acá en los cursos conocí a ese doctor que resultó una fichita, el papá de mi Lourdes”. Aprovechó su pausa para levantar uno de tantos rizos azabaches que caían por su frente. “Me enamoré como tonta de aquel hombre tan rubio y distinguido. Fue mi profesor de Primeros Auxilios y después mi engañador: siempre prometió que se casaría conmigo y sólo me puso casa chica”.

Desde que se hizo novia de Javier no me miraba de frente, hasta el último día que la vi, después de la entrega de certificados. No entendí por qué rehuía si nunca tuve qué reprocharle; ella no había hecho algo para ilusionarme. Las tardes en que la llevaba hasta la pared de adobe, frente a su casa, le decía con voz baja cuánto me hacía sentir. Con una mueca, sus tres palabras extinguían el momento: “Tengo que meterme”. Lourdes cerraba la puerta y yo miraba las ramas que salían por encima del adobe. Entonces revivía la burla de Javier y los otros. “Agárratela, güey. Va a llegar un chingón a darte baje por andar de pinche Romeo”. La campanada del reloj en la presidencia me reprendía más: eran las tres quince, y yo a trece cuadras de mi casa… y sin rendir fruto.

* * * * * * *

El sofá era estrecho para lo que podía pasar. En el abrazo me aferré a la seda de su blusa. Mordí el lóbulo de su oreja izquierda escuchando la respiración agitada. Ella pasaba sus manos sobre mi abdomen. Sin separar su boca de la mía, me desabotonó y bajó mi cierre. Sabía que esto era el destiempo, pero no iba a evitarlo.

Una vez desnuda, recorrí su espalda con mi barbilla. Mis manos se movían oprimidas entre sus senos y el forro del sofá. La penetré mientras ella jadeaba, en cuclillas, con la azabache cabellera tendida hacia adelante. Me vi tentado a gemir con ella, pero no quería despertar a Ulises o Lourdes… Otro lugar, dos hijos –pensé–. Diecinueve años después. Involuntariamente recordé a Javier: “Cuando te toca, te toca”. Acometí a Lourdes con más fuerza. Sobre la mesa frente al sofá, la hija güerilla en la foto seguía sonriendo.

* * * * * * *

Durante los primeros años tuve noches difíciles para olvidarla. Alguna vez quise escribirle pero ¿para qué? Mi amistad con ella terminó con cada beso que, frente a mí, ella daba a Javier. Además yo ya estaba en Mate. Por mis calificaciones pude ingresar a la preparatoria de la universidad. Vivía bien en casa de mi tía Alicia. Algún fin de semana iba a San Andrés pero me recluía en mi cuarto a analizar los edificios de los grandes arquitectos, los primeros años; o a construir las maquetas que después me pedían en la Facultad.

Lourdes fue tornándose dolor manso y, entre proyectos, exámenes y noviazgos, no advertí el momento en que su recuerdo se petrificó. Alguna vez conté la historia a mi entonces prometida, cuando creí encontrar el amor verdadero y creí también que Delia nunca me traicionaría. Pero la vida no es lo que uno espera, sino lo que se presenta. Fui tan desconfiado que por lo mismo decidí casarme a los treinta y uno: estaba seguro que una esposa de veinticuatro jamás sucumbiría a los asedios, halagos, falsos consuelos y demás tretas que ponemos la mayoría de los hombres cuando queremos jugar.

* * * * * * *

Me dejé convencer, aunque al tiempo algo me detenía para confiar en ella. “Somos personas maduras, Gus: intentemos algo distinto en nuestras vidas”. Salí casi a las cinco y me detuve en los menudos del mercado. De ahí, directo al Hotel Toscana, dispuesto a dormir lo más posible para evitar autorreproches.

A las ocho de la noche siguiente, la hija Lourdes abrió la puerta. “Fue a dejar a Ulises a un campamento”, dijo y me pasó a la sala. Seis minutos después bajó diciendo que no estaba a gusto teniéndome solo. “Debo terminar mi tarea en la compu y… Ay, discúlpeme, por favor”. Para evitar más bochorno le dije que no había problema: más aún (¿viéndola como hija? Ahuyenté la idea bajando mis ojos) yo podría ayudarla.

Batallamos con la impresora. El nombre en la portada seguía causándome escozor; idéntico al de hacía diecinueve años: Lourdes Torres Pastrana. Cuando ella bajaba al baño, alcanzó a gritarme si gustaba beber algo.

Subió la escalinata con sendos vasos. “Mi favorito: durazno”. Sosteniendo el vaso volví a oler el árbol que sacaba sus ramas cuando me despedía de su madre. Puse mi silla cerca de las escaleras para escuchar la llegada de Lourdes madre. La chica dio otro trago. Los chillidos de conexión a internet amenizaron el siguiente silencio.

Reconocí la ventana del Messenger. Ella sonreía leyendo para luego teclear con golpecitos ágiles. Volteó para confiarme que chateaba con su novio. “Necesito aclarar algo que me contaron en el colegio”. Agradeció que no fuera a decir algo a su madre. “Espero que no tarde más”. Cuando el reloj marcaba once para las nueve, comenzó a reír cubriendo su boca. En la pantalla ascendían corazones y labios. La escuchaba repetir “Adiós ¡ya me voy!”, frente a la cascada de iconos. Aguzando mi vista distinguí más corazones, caritas y vasos cerveceros.

Cerró las ventanas y desconectó internet. Cuando la pantalla mostraba el cuadro de “Cerrar Windows”, sonó el teléfono. “Ay, Rubén ¿Ahora qué quieres?” Así como había cubierto la risa, ahora tapaba el auricular. Volteó dos veces externando un “sííí” apaciguador. De pronto levantó la voz.

“¡Ándale! Tardas más en buscar otra que yo en besar a un hombre hecho y derecho… Que te diviertas… Bye, pues”. Después de colgar me dio, sonriente, un último reojo. La pantalla oscurecía con letras naranjas (Ahora puede apagar el equipo) y después sólo brilló la luz del regulador. Me levanté y, en efecto, me esperaba la silueta de su rostro, sus labios preparados para esa travesura. Tanteó mi cintura con sus brazos y fui llevándola por el vano a la recámara de las cortinas rojas.

Con un miedo fantástico hicimos el amor sobre la cama de su madre. Sostuve su abdomen temblante con las manos que quisieron tomar la joven carne de aquella otra Lourdes. Me tendí sobre su pecho cubriendo su desnudez. Ella cerraba los ojos, expectante. Elegí la postura de misionero para no dejar de mirar su rostro. No estaba seguro de hacer lo correcto, pero tampoco esta vez me detendría.

* * * * * * *

En esas noches me emborrachaba la impotencia. Vivía en otro lugar y aún así me acicateaba su recuerdo. Dormía a las diez cuarenta pero soñaba con ella y despertaba a las doce, y a las dos media, y a las cuatro. ¿Por qué se decidió por Javier, sabiendo lo cabrón que era? ¿Qué buscaba? ¿Qué encontraría con él después de la emoción, la euforia hormonal, el momentáneo placer por andar con el conquistador del barrio?

Encendía la luz, bajaba por un vaso con agua, volvía a cerrar la puerta a las cuatro veinte de la mañana. Regresaban las ganas de llorar coraje: de veras la quise, la idealicé demasiado. Hojeaba los libros que mi prima dejó en la que era su recámara; pero los Principios de Medicina Interna de Harrison ayudaban poco. El verde tomo de Histología no me curaba. Me repetía: “Ya estuvo bueno; eso ha elegido”.

Dentro de las aulas de la Facultad me zambullía en la arquitectura. Asistía a discos de bienvenida, despedida, elecciones de reina. Cada jueves llevaba una chica distinta: algunas llegaron a amarme, algunas no. Los desvelos del jueves eran en la calle, despidiéndome de quienes acababan de ofrecerme sus labios. Bajaba buscando un taxi por los bulevares mientras repetía la consigna: “Te olvidaré, Lourdes Torres. Así como aprendí a adorarte, a tenerte como la única, a respetarte siempre, a procurar que nadie te lastimara…”. De regreso a la recámara de mi prima la doctora, abría esa ventana: la luna de Ciudad Mate hacía a un lado las nubes para mostrar mejor su creciente rozadera.

* * * * * * *

Supe que nos había descubierto por el gemido en el quicio de la puerta. Cuando volteé sólo vi un brazo que se alejaba. La rubiecita empuñó mis hombros para tumbarme a un lado, horrorizada. Los pasos de la otra Lourdes dejaban eco en los escalones. Dejé sentada a la adolescente en un lado de la cama, con las manos cubriendo su llanto. “Quédate aquí. Voy a hablar con tu mamá”.

Como pude, me enfundé el pantalón de mezclilla y la camisa. Llevaba los talones sobre la parte trasera de mis zapatos; por eso estuve a punto de tropezar cuando bajaba el tercer escalón. Lourdes venía desde la cocina con un cuchillo. Apreté su muñeca para quitárselo y lanzarlo bajo la mesa del televisor. Gritando, arañó mi cara. Enfrenté mis brazos a sus manoteos y la tumbé sobre el sofá.

–¡Cálmate, mujer! ¡Cálmate! –Me miró con rabia. Cuatro pestañas le sostenían una lágrima– No sé por qué lo hicimos pero tampoco voy a justificarlo.

–¡Cállate! ¡Lourdes es una niña! ¡Te aprovechaste de ella! ¡De mí, que te abrí las puertas de esta casa!

–Lo sé. Yo asumo la responsabilidad.

–Eres un cínico, un hijo de puta, cómo pudiste…

Como una gota que no aguanta más, el silencio cayó pesado. Entonces comenzó a doler el arañazo en mi mejilla derecha. Seguramente me había brotado sangre.

–¡Te estoy preguntando cómo pudiste, cabrón!

–¿Qué esperabas? Tal vez es lo que dijiste anoche: siempre me ha gustado lo difícil.

* * * * * * *

El patio era un reguero de uniformes verdes y carmines. Cerca de la pila algunos se mojaban festejando el último día. Las bocinas cónicas se desgañitaban con una canción de Camilo Sesto. Me abría paso entre el bullicio y las palmadas de algunos compañeros. “Felicidades, Gus”. “Firma la camiseta”. “¡Pinche Tecolote, enseña el diploma!”

Mis papás se fueron a medio acto porque casi a la misma hora mi hermano se graduaba de sexto. Yo regresaría a casa después de platicar con el profe Silva. A punto de salir, topé con Javier recargado cerca de los pinitos, acariciando el negrísimo cabello de quien aún era mi amor platónico.

–Ey: compra unas papas adobadas pa’ mi vieja–. Me extendió un billete azul, con Juárez arriba del 50, y siguió besándola. Sentí deseos de mandarlo a la fregada, de gritarle que estaba harto de que a cada momento me restregara su seducción a Lourdes.

No había un alma en la tiendita de la secu. Doña Petra lavaba el refrigerador y me atendió sin prisa. Pasando la puerta, las nubes se amontonaban cerca del Cerro de la Ermita.

–La feria que te sobra– dijo Javier. No volteó, aunque ella sí, con una sonrisa avergonzada. Él la estrechó fuerte, sin dejar de caminar. No supe si en su respuesta había desprecio o lástima.

–Puedes quedártela, güey– se me ocurrió contestar.

* * * * * * *

Salí del Oxxo apretando el pañuelo contra mi mejilla. Sin calcetines ni trusa, el frío calaba más que la noche anterior. Con avidez di el segundo trago a la botella desechable. Llevaba no sé cuántas cuadras esperando un taxi, aunque ya se veía más cerca el parque Darío.

A punto de cruzar, el mismo 297 se estacionó. Al abordarlo, el taxista de anteojos y cachucha de los Raiders me observó con sorpresa. Casi veinticuatro horas después, el destino quitó el dedo que tenía sobre mi historia.

–A la Central de Autobuses, por favor.

2 comentarios »

  1. buen relato, me gustó
    un abrazo
    fernando
    http://fernando-sabido.blogspot.com

    comentario por FERNANDO SABIDO SÁNCHEZ — Junio 25, 2008 @ 5:53 pm | Responder

  2. Muy bueno. 24 horas que bien pudieron ser una semana.

    Saludos.

    comentario por Jesús Olague — Julio 2, 2008 @ 7:19 pm | Responder


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