Ocurrió en los años alrededor de 1790 que Mozart, entonces en la cima de la fama, acusara a Salieri, cuya popularidad decaía, de plagio y de querer atentar contra su vida. Según el historiador Alexander Wheelock Thayer, las sospechas de Mozart podrían tener origen en un episodio ocurrido diez años antes, cuando Mozart vio cómo Salieri le quitaba el puesto de profesor de música de la princesa de Wurtemberg. El año siguiente, Mozart no consiguió ni siquiera el puesto de profesor de piano de la princesa.
Cuando la ópera de Mozart Las Bodas de Fígaro tuvo en principio un juicio negativo tanto del público como del propio emperador, el compositor acusó a Salieri del fracaso y de haber boicoteado el estreno (“Salieri y sus acólitos moverían cielo y tierra con tal de hacerlo caer”), comentará el padre de Mozart, Leopold, refiriéndose al primer fracaso de su hijo, fracaso sólo temporal, como demostrará más adelante el éxito de esta ópera). Pero en aquella época Salieri estaba ocupado en Francia con la representación de su ópera Les Horaces, por lo que es improbable que realmente haya tenido la posibilidad de decidir a esa distancia el éxito o el fracaso de una ópera.
Mucho más probablemente (y siempre siguiendo a Thayer), quien debió de instigar a Mozart contra Salieri podría haber sido el poeta Giovanni Battista Casti, rival del poeta de la corte Lorenzo da Ponte, autor del libreto de Figaro. Una confirmación indirecta de hasta qué punto esta disputa entre Mozart y Salieri pudo haber sido algo artificialmente montado está en el hecho de que cuando en 1788 éste es nombrado Kapellmeister, en lugar de proponer para la ocasión una de sus óperas prefirió reeditar Las Bodas de Fígaro.
Anacrónicamente, absurdamente, mi tristeza es mía y sola está. Diré con una épica sordina: María Angélica me atrapó con red de cabello anochecido. La conocí un domingo, hablamos de pasear, Leo Dan, Palito Ortega, Leonardo Favio, Daniel Magal y Piero. Así comienza nuestro amor, en primavera, cuando las rosas del rosal son como Jerez Zacatecas y allá andaba yo porque tal pueblo fue propuesto para una emisión de México Magia y Encuentro.
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¿Era yo el orgullo de las letras mexiquenses, prospecto para el Premio Nacional, el próximo Nóbel de hace veintitrés años? Entonces, diría Gaspar Henaine, ah pa’ Nobelcito, mano. Viruta nada contestaría y yo, página sin vuelta ni nexos, sigo soportando gallos que a las seis cincuenta y cinco lanzan sus destemples hacia el cercano Cuencamé.
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Los pobres no imaginaban que puedo cambiar este rancho por una editorial y sin que reclame Josefa, porque la obligué a ser mi esclava. Tampoco imaginaban que hace veinticuatro años tuve prometido el Nóbel que finalmente consiguieron para Paz. El señor Velasco llegó a enorgullecerse cabrón de(más…)
Qué bueno que no casé con Lucero Hogaza. Quizá mi vida sería hoy aburrida y entonces, por distraerme, me diera por partirle la madre a éxitos musicales.
En www.goear.com estoy escuchando “No dejes que”. Imaginen que a la magnífica canción de Caifanes le quitan la voz de Saúl Hernández para poner la de Manuel Mijares, sin los gruñidillos de hace veinte años, en plan de swinger (no de los sexuales, sino del género musical) o jazzero.
¿Ya lo imaginaron? Ahora sustituyan las guitarras eléctricas con trompetas y trombones.
Y yo creía que lo más bajo era Luis Miguel tronando los dedos mientras cantaba “Sabe de ti, sabe de mí… Santaclós llegó a la ciudad”.