Métodos magisteriales

Hace una semana conocí a un taxista canoso, de cachucha azul, unos sesenta años. No llevaba yo intención de platicar con él. De hecho me apremiaba más mi intención de terminar la lectura de un libro con entrevistas a escritores de mediados del siglo pasado. Sin embargo, teniendo nosotros luz verde, una pareja salió disparada en la esquina que forman el Callejón de Rosales y la avenida Hidalgo, y el taxi en el que veníamos casi los atropella.

―¿Suele toparse con personas así?

―A cada rato, mi amigo. La gente no sabe cuidarse ni respetar las reglas.

El naciente diálogo nos llevó a una remembranza del conductor, cuando él era niño en una comunidad rural del municipio Zacatecas, y la gran calidad humana de un profesor a quien el taxista dice deberle todo.

―Era muy joven y muy bueno, y se hacía querer en mi rancho. Yo puedo decirle que gracias a él los niños andábamos siempre muy limpios, y eso lo consiguió de un modo muy fácil.

―¿Cómo?― cerré el libro, cediendo ante la historia que nacía.

―Pues mire: en ese tiempo nuestros padres andaban siempre ocupados y nosotros teníamos la mala costumbre de limpiarnos los mocos con los brazos, y los traíamos secos aquí a todo lo largo…

―Como costras.

―Pues sí, como costras, creo que no hay otra forma de llamarles. Eran líneas blancas y se nos veían feas, pero así andábamos todos. Y entonces el profesor les decía a las niñas: “A ver, vayan al pocito por agua para que cada una de ustedes les laven los brazos y peinen a cada uno de estos niños chamagosos”.

―¿Y luego?

―Pues qué le digo, mi amigo: a los niños nos daba vergüenza que una niña tuviera que lavarnos sin meter nosotros las manos. Y a la mañana siguiente, y de ahí en adelante, ya nos veía llegar bien peinaditos y con la cara y los brazos bien limpiecitos. Y las niñas también, porque el mismo profesor puso a unos niños a lavar a unas niñas que también iban desarregladas.

―¿De plano?

―Usted verá: nos decía el profesor a la mañana siguiente: ¿Ya ven? ¿Qué les cuesta venir arregladitos a su enseñanza?

―Algo necesario…

―Pues sí: algo necesario pero que ahora no hacen los maestros porque no les interesa o porque los papás pueden acusarlos o porque los tiempos de plano ya no son como antes. Antes nos educaban con mano dura y ahora sólo ponen a los alumnos a memorizar cosas y a contestar exámenes.

Por desgracia, el taxi avanzó veloz por el bulevar y no había más margen para continuar el diálogo. El hombre me contó rápidamente que hace poco obtuvo su certificado de secundaria, “pero la verdad es que casi todo lo que me preguntaron de secundaria yo ya lo sabía porque hace muchos años me lo enseñó ese profesor en la primaria, y eso que entonces no pude terminarla”.

Bajé del taxi tras despedirme y reconsideré: Consejos técnicos escolares, comités de participación, asociaciones de padres de familia… todo eso no existía en las escuelas rurales y sin embargo sí teníamos apóstoles con métodos magisteriales no sólo para la instrucción, sino también para una educación que quedara grabada en cada acto de la vida. Aunque los alumnos no llegaran a ser científicos, doctores, ingenieros o politólogos. Aunque sólo alcanzaran a forjarse un futuro frente al volante de alquiler, pero con una educación que ya quisiéramos hoy varios padres de familia para nosotros y nuestros hijos.

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